Hay dos cosas que caracterizan a Bahía Blanca y la distinguen del resto del mundo: basquetbolistas de calidad y mucho viento. Los últimos cuatro días disfrutamos de ráfagas de noventa y pico kilómetros por hora y un calor propio del Desierto de Lut, Irán (si, googleé). En el medio, ella pasó parte de sus vacaciones en lo que en unos meses será su nuevo hogar. Rendimos un adelanto de convivencia y nos sacamos un muy bien diez, felicitado con carita feliz.
En la última semana hicimos de todo y no hicimos nada. Dormimos poco y dormimos mucho. Cocinamos, comimos porquerías y tomamos menos de lo que me hubiera gustado. Vimos amigos, familia y estuvimos solos. Como todas las parejas del mundo, y eso es bueno. También, como dije más arriba, soportamos y padecimos el viento. Fueron dos noches a pleno zumbido y movimientos de persianas dignos de la película Twister. Adentro dormimos poco, nos quejamos mucho y las caras de culo estuvieron a la orden del día. O la noche.
Ella conoció el viento de verdad, solo me falta llevarla a ver un partido de basquet.
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